—Vivo con mi hija y sus 3 niños en un cuarto prestado. Quiero a la hija de Mariana, pero no puedo ofrecerle lo que necesita ahora.

Se limpió las manos en la falda.

—Si permanece aquí, ¿podré visitarla?

—Sí.

—¿Y le permitirá conservar a su madre?

Tomás fue hasta un aparador. Allí estaban la libreta, el costurero y un pequeño retrato de Mariana encontrado entre sus documentos.

Josefa lo contempló largo rato.

—Entonces mañana hablaré con el juez.

La audiencia se celebró la semana siguiente.

Tomás llevó las cuentas del rancho, las referencias del médico y una declaración de Mercedes, que se comprometía a seguir viviendo en la casa.

Rogelio insistió en sus objeciones.

Habló de rumores, de obligaciones y de una herencia que debía protegerse.

El juez lo interrumpió.

—La herencia del señor Valdés no es lo que estamos resolviendo.

Josefa explicó su situación y pidió que Lucía permaneciera donde había comenzado a recuperarse.

Después escucharon al padre Anselmo, al médico y a Eusebio.

Por último, el juez llamó a la niña.

Lucía avanzó sujetando la libreta de Mariana.

—¿Te tratan bien en Los Encinos?

Ella asintió.

—¿Tienes miedo de alguien allí?

Negó con la cabeza.

Luego miró a Tomás.

—Cuando salgo al patio, él me dice adónde va. Y siempre vuelve.

Rogelio bajó los ojos.

El juez dejó la pluma sobre la mesa y siguió haciéndole preguntas con suavidad.

La resolución llegó días después. Tomás sería su tutor, con las obligaciones correspondientes y las visitas que el juzgado dispusiera.

Leyó el documento 2 veces antes de sentarse.

Mercedes, que esperaba junto a la puerta, se persignó.

—Ahora vaya a decírselo.

Esa noche prepararon enchiladas y un pastel de manzana algo torcido.

Junto al plato de Lucía había una pequeña caja de madera. Dentro encontró un relicario sencillo.

En una mitad estaba el retrato de Mariana. La otra permanecía vacía.

—Ahí puedes guardar lo que tú elijas —dijo Tomás.

Lucía pasó el pulgar por la imagen.

—¿Puedo quererla mucho y estar contenta aquí?

—Sí.

La niña lo pensó un momento.

Después acercó su silla a la de él para comer.

Con la primavera aparecieron los primeros brotes junto a la casa.

Lucía comenzó a ir a la escuela. Hizo amigas, gastó las rodillas de sus medias y, poco a poco, dejó de esconder comida.

Algunas noches todavía despertaba llorando. Tomás acudía con una lámpara y permanecía cerca hasta que podía dormir.

Josefa los visitaba cada mes. Llevaba noticias, cintas y recuerdos de Mariana que Lucía anotaba en las páginas libres de la libreta.

Una tarde volvió de la escuela con un dibujo.

Aparecían una casa, una yegua y 3 personas junto a un jardín. Una era Mariana, reconocible por la cinta verde.

Tomás observó la hoja.

—¿Ella también vive aquí?

Lucía negó con suavidad y se tocó el relicario.

—Viene conmigo.

Él colgó el dibujo junto a la puerta.

Años después, Lucía todavía regresaba con Tomás al cementerio cada otoño. Llevaban flores del jardín que habían plantado juntos y limpiaban las hojas alrededor de la tumba.

En una de aquellas visitas, ya convertida en una joven maestra, se quedó unos minutos hablando de sus alumnos.

Tomás la esperó junto al portón, apoyado en su bastón.

Al salir, Lucía le ofreció el brazo.

—Vamos, papá. Mercedes nos está esperando.

Él volvió el rostro para disimular la emoción, aunque ella alcanzó a verla.

Caminaron despacio hacia la carreta. Antes de subir, Lucía acomodó sobre las rodillas de su padre la vieja manta azul, remendada tantas veces que apenas conservaba su forma.

Luego tomó las riendas y condujo a ambos de regreso a casa.