«Lo presencié todo; ella no es una ladrona», dijo el gerente, arriesgando su propio puesto de trabajo para defender a la joven.
Mateo Salazar subió a la escalera para reparar una ventana, no para descubrir un secreto capaz de destruir una familia.
Era una mañana de mayo de 1912. La neblina cubría los cafetales de la hacienda Los Arrayanes, cerca de Coatepec, y el agua de la fuente parecía sonar más fuerte entre los corredores todavía dormidos.
Con tres clavos entre los labios, Mateo sujetaba una contraventana cuando vio entrar a doña Mercedes al despacho de su marido. La señora cerró la puerta, sacó una llave del delantal y abrió el cajón central del escritorio.
Retiró un sobre abultado, atado con un cordel.
Durante unos segundos lo sostuvo contra el pecho. Después lo escondió entre las páginas de su misal y salió sin advertir al hombre que permanecía al otro lado de la ventana.
Mateo bajó la mirada.
En nueve años de servicio había aprendido que algunas puertas se conservaban mejor cerradas.
Aquella mañana todavía ignoraba cuánto podía costar ese silencio.
Mateo tenía treinta y seis años y casi nada que pudiera llamar suyo: un martillo, unas herramientas compradas poco a poco y dos mudas de ropa.
Había llegado a Los Arrayanes después de perder su empleo con una recua de mulas. Don Ignacio Robles no quiso contratarlo.
—No necesito otro hombre comiendo de mi cosecha.
Mercedes había observado las manos del desconocido, agrietadas por el trabajo.
—Necesitas a alguien que repare todo lo que llevas años dejando caer.
Le concedieron un mes de prueba. Después vinieron nueve años.
Por eso, cuando Mateo vio desaparecer aquel sobre, pensó que la señora tendría sus razones.
Poco después entró Guadalupe Herrera, a quien todos llamaban Lupita. Tenía diecinueve años, una trenza oscura y la costumbre de tararear mientras barría.
—Con esos martillazos va a despertar hasta a los difuntos —le dijo.
—Si alguno sabe arreglar ventanas, que venga a ayudar.
Ella rio.
Mateo la vio limpiar el escritorio, sacudir los libros y ordenar unos papeles sin leerlos. No tocó el cajón.
Mientras exprimía el trapo, habló de doña Remedios, la modista del pueblo.
—Dice que tengo buena mano para los ojales. Quizá algún día me deje trabajar con ella.
Lupita enviaba casi todo su salario a Josefina, su madre viuda, que lavaba ropa ajena. Con lo poco que guardaba compraba agujas y retazos.
Mercedes le había enseñado a leer por las noches, junto al fogón. La muchacha la quería por eso con una gratitud que aún no conocía las decepciones.
Al mediodía llegó un mensajero del comprador de café. Don Ignacio debía entregarle seiscientos pesos el sábado, pero el hombre viajaría antes y solicitaba el pago para el día siguiente.
—Entonces iré mañana —anunció el hacendado desde el corredor.
Mateo vio a Mercedes detenerse junto a una columna.
A las tres, un grito recorrió la casa.
Don Ignacio salió del despacho con el cajón vacío entre las manos.
—¡El dinero! ¡Han robado el dinero de la cosecha!
Lupita apareció desde la cocina, secándose los dedos en el delantal.
Él se volvió hacia ella.
—¿Quién limpió mi despacho?
—Yo, patrón.
—Mi llave no se separa de esta cadena. La otra está en el costurero de mi mujer. Tú usaste ese costurero ayer.
La muchacha tardó en comprender.
—Para remendar sus camisas.
—Mercedes, trae la llave.
La señora regresó con ella en la palma.
Mateo reconoció su pequeño mango de latón.
—Yo estaba en la ventana —intervino—. Lupita no abrió el cajón.
—Estabas trabajando, no vigilando.
—La vi todo el tiempo.
Don Ignacio lo miró con impaciencia.
—El dinero desapareció. Eso también lo puedes ver.
Lupita pidió que revisaran su baúl.
Ella misma sacó sus dos vestidos, unas medias zurcidas, un rosario y una carta de su madre. Al fondo había retazos cuidadosamente doblados.
No apareció un solo billete.
—El dinero puede esconderse en muchos sitios —sentenció el patrón.
Mercedes permaneció en la puerta sin hablar.
Mateo estuvo a punto de señalarla. Sin embargo, recordó a la mujer que había defendido a un desconocido hambriento nueve años atrás. Decidió darle la oportunidad de explicarse primero.
Para cuando comprendió su error, don Ignacio ya había ensillado el caballo para visitar la hacienda vecina.
Iba a preguntar si habían visto a Lupita en el camino.
Y a contar por qué preguntaba.
Al anochecer, Mateo escuchó voces en la cocina.
—Devuelve el dinero esta noche —decía don Ignacio— y mañana puedes marcharte. No llamaré a los rurales.
Lupita estaba de pie, muy recta, aunque le temblaban las manos.
—No puedo devolver lo que no tomé.
—Piensa en tu madre.
La muchacha levantó la cabeza.
—Estoy pensando en ella. Por eso no aceptaré que me llame ladrona.
Don Ignacio golpeó la mesa.
—Entonces mañana se lo explicarás al comisario.
Cuando salió, Lupita apretó los labios hasta hacerlos palidecer. Mateo quiso consolarla, pero cualquier palabra le pareció miserable mientras guardara lo que sabía.
Dejó la leña junto al fogón y fue a buscar a Mercedes.
La encontró en la sala de costura, con el misal cerrado sobre las rodillas.
—Esta mañana estaba en la escalera, señora.
Ella lo miró largamente. Después abrió el libro y sacó el sobre.
Debajo apareció una carta.
—Es de Catalina.
En la hacienda casi nadie pronunciaba ese nombre.
Catalina era la única hija de los Robles. Seis años antes se había casado con Tomás Aguilar, un impresor sin fortuna. Don Ignacio se opuso al matrimonio, faltó a la boda y prohibió que volvieran a hablarle de ella.
Las cartas dirigidas a él terminaban en la chimenea.
Mercedes recibía las suyas a escondidas, por medio de Julián, el arriero.
—Tomás estuvo enfermo —explicó—. Perdió meses de trabajo. Deben el alquiler, el médico… Tienen una niña de cuatro años.
Su voz se quebró por primera vez.
—Mi nieta, Mateo. Tiene cuatro años y nunca la he abrazado.
Él miró el sobre.
—¿Iba a mandar todo eso?
—Mañana, con Julián. Pensaba decírselo a Ignacio el viernes, cuando ya no pudiera impedirlo.






