Lupita corrió a abrazarla.

Mercedes esperó hasta que se separaron. Entonces, entre sábanas tendidas y olor a jabón, confesó lo ocurrido.

Josefina la escuchó sin interrumpir.

—Agradezco que venga —dijo finalmente—. Pero hoy no puedo perdonarla. Anoche pensé que se llevarían presa a mi hija.

Mercedes inclinó la cabeza.

—Lo entiendo.

Don Ignacio entregó el salario completo y la carta. Lupita la leyó en voz alta, despacio. Allí constaban sus cuatro años de servicio honrado y el reconocimiento de que su patrón la había acusado injustamente.

Al terminar, Josefina tocó la firma con un dedo húmedo.

—Guarda bien eso, hija.

—Puedes volver a la hacienda —ofreció don Ignacio.

Lupita dobló el papel.

—Voy a buscar trabajo con doña Remedios.

—¿Y si no te acepta?

La muchacha miró a su madre.

—Lavaremos juntas mientras aprendo.

Mateo levantó el baúl y lo llevó al interior de la casa.

Al salir, Lupita le apretó la mano.

Antes de abandonar el pueblo, Mercedes pidió detenerse frente a la joyería.

Entró sola.

A través del escaparate, don Ignacio la vio quitarse los pendientes y desabrochar el collar que había pertenecido a su madre.

El joyero puso los dos objetos sobre un paño.

Mercedes salió con doscientos treinta pesos y cruzó hacia correos.

Su marido permaneció un momento sentado. Luego bajó de la calesa.

La encontró escribiendo la dirección de Catalina.

—Eso no alcanzará para todo —dijo.

—Alcanzará para que no las echen de casa.

Don Ignacio miró el cuello desnudo de su mujer.

—Tu madre te dejó ese collar.

Mercedes dejó la pluma.

—Y a Catalina la tuve yo.

Él recibió aquellas palabras sin defenderse.

Cuando el empleado calculó el porte, don Ignacio sacó las monedas. Después pidió otra hoja.

Mercedes lo observó escribir apenas dos líneas. Le temblaba ligeramente la mano.

Dobló el papel y se lo entregó para que lo añadiera al envío.

Ella no lo abrió.

Pasaron tres semanas.

Mateo cambió las bisagras de la ventana y sustituyó la madera podrida. Esta vez trabajó sin prisas.

Lupita consiguió empleo con doña Remedios. La modista había leído la carta y luego le había puesto una camisa descosida entre las manos.

—Enséñame esos ojales de los que tanto hablas.

Su primer salario fue pequeño. Lo llevó a casa envuelto en un retazo azul, y Josefina preparó chocolate para celebrarlo.

En Los Arrayanes, don Ignacio empezó a preguntar por las cartas antes de que llegara Julián.

Una tarde recibió una dirigida a los dos esposos.

La leyó a solas. Dentro había un dibujo: una casa con flores, tres figuras pequeñas y dos mayores junto a una fuente.

Debajo, Catalina había escrito que Isabel quería conocer a sus abuelos.

Don Ignacio sostuvo el dibujo hasta que oscureció.

Al día siguiente mandó preparar la calesa para ir a la estación.

Catalina bajó del tren sosteniendo de la mano a una niña con sombrero de paja. Tomás descendió detrás, delgado todavía, cargando una maleta remendada.

Mercedes abrazó a su hija antes de que pudiera decir nada.

Don Ignacio se quedó junto al carruaje.

Había imaginado aquel encuentro durante todo el camino. Ahora no encontraba una sola palabra útil.

Catalina se acercó.

—Recibí tu nota, papá.

Él miró las vías.

En el papel había escrito: «La habitación sigue siendo tuya. Si todavía puedes, vuelve».

—Debí escribirla hace seis años —dijo.

Catalina empezó a llorar.

Don Ignacio la abrazó con torpeza, como si temiera que ella pudiera deshacerse entre sus brazos. Después extendió la mano hacia Tomás.

—Le hice mucho daño a su esposa.

El impresor aceptó la mano.

—Aún podemos darle días mejores.

Isabel tiró suavemente de la chaqueta de su abuelo.

—¿Usted tiene la fuente del dibujo?

Él se agachó.

—Sí.

—Mamá dice que canta.

Don Ignacio sonrió entre lágrimas.

—Vamos a escucharla.

El domingo hubo comida bajo los naranjos de Los Arrayanes.

Lupita llegó con Josefina. Llevaba un vestido verde que había confeccionado ella misma. Mercedes la recibió sin intentar abrazarla; esperó a que la muchacha decidiera acercarse.

—Le quedó hermoso —dijo.

—Tuve una buena maestra para empezar.

Había cariño en su voz, aunque también una distancia que Mercedes aceptó.

Don Ignacio había dispuesto un lugar para Mateo a la mesa. Cuando este intentó quedarse junto al corredor, el hacendado apartó una silla.

—Tu plato está aquí.

Más tarde, mientras Isabel recogía pétalos junto a la fuente, Mercedes encontró sobre su tocador el collar de su madre. Don Ignacio lo había recuperado vendiendo su caballo de paseo.

Ella lo sostuvo un momento y después buscó a su marido.

—Catalina necesita saber que puede venir incluso cuando se equivoque —le dijo.

Él asintió.

Aquella tarde la llamó para que se sentara con ellos.

Meses después, Lupita empezó a recibir encargos propios. Con sus ahorros compró una máquina de coser usada y puso junto a la ventana de su madre un pequeño letrero: «Guadalupe Herrera. Costura y composturas».

Mateo construyó la mesa donde la instalaron.

El día que la entregó, Lupita le mostró su primera libreta de pedidos. Entre las páginas guardaba la carta que había limpiado su nombre.

En la hacienda, la ventana del despacho permanecía abierta.

Por ella entraban el olor del café, las risas de Isabel y el sonido de la fuente. Una mañana, don Ignacio levantó la vista de sus cuentas al oír a su nieta llamar a Mateo.

El hombre se acercó con el martillo en el cinturón. Isabel le mostró una muñeca con un brazo suelto.

—Mamá dice que usted sabe reparar cosas.

Mateo examinó la muñeca y sonrió.

Desde el corredor, Catalina lo llamó para desayunar.

Él guardó el martillo, tomó la pequeña mano de Isabel y entró en la casa.