—Pero acusó a Lupita.
Mercedes cerró los ojos.
—Creí que sospecharía de mí.
—La muchacha estaba delante de usted.
No hubo dureza en su voz. Aquello hizo más dolorosas las palabras.
Mercedes contempló la carta.
—Se lo diré después de cenar.
Mateo sostuvo el sombrero entre las manos.
—Usted me consiguió este trabajo. Por eso vine primero. Pero si mañana intenta llevarse a Lupita, hablaré yo.
La señora asintió sin levantar la mirada.
Mateo durmió vestido.
Escuchó los platos de la cena, el arrastre de las sillas y algunas palabras que no alcanzó a entender. Después la casa quedó en silencio.
Antes del amanecer vio cruzar un farol por el patio.
Mercedes caminaba hacia las mulas de Julián con el misal apretado contra el pecho. Conversaron junto al cobertizo. Ella regresó despacio.
Desde su puerta, Mateo no pudo distinguir si llevaba todavía el sobre.
Cuando salió el sol, don Ignacio ordenó preparar la calesa.
No sabía nada.
—El aro de la rueda izquierda está flojo, Mateo. Arréglalo. Salimos en media hora.
Mateo golpeó el hierro con su martillo. Cada golpe le parecía una cuenta regresiva.
Lupita apareció con un pequeño hatillo. No había dormido; llevaba el rosario enrollado en la muñeca.
Mercedes salió detrás.
—Sube —ordenó don Ignacio.
La muchacha puso un pie en el estribo.
Mateo dejó de trabajar.
—Ella no va a ninguna parte.
El hacendado se volvió.
—¿Qué dijiste?
Mateo sintió el peso de los nueve años, de la casita junto al granero y del pan seguro sobre su mesa.
—Que Lupita no robó ese dinero. Yo vi quién abrió el cajón antes de que ella entrara.
Hasta las palomas parecieron quedarse quietas.
—¿Quién?
Mateo miró a Mercedes.
Ella abrió la boca, pero no salió ninguna palabra.
Don Ignacio comprendió la dirección de aquella mirada y enrojeció.
—¿Te atreves a acusar a mi mujer?
—Me atrevo a decir lo que vi.
—¡Estás despedido! ¡El domingo quiero tu casa vacía!
Mateo apretó el mango del martillo.
—La tendrá vacía. Pero si lleva a la muchacha ante el comisario, iré detrás. Aunque tenga que caminar.
Lupita bajó del estribo.
Mercedes empezó a llorar en silencio.
Don Ignacio los observó a los tres. Finalmente apartó las riendas de un tirón.
—Desengancha el caballo.
Después señaló a Lupita.
—Tú te marchas mañana.
Ella sostuvo su hatillo con ambas manos.
—Me marcharé cuando quiera, patrón. Pero mi nombre me lo llevo limpio.
Mateo pasó la mañana preparando sus cosas.
Dejó colgadas las herramientas de la hacienda. Envolvió las suyas en una manta y colocó encima el martillo.
Lupita apareció al mediodía.
—Usted podía haberlo dicho ayer.
Él no buscó excusas.
—Sí.
—Yo pasé toda la noche pensando en mi madre.
Mateo bajó la cabeza.
—Creí que la señora hablaría. Me equivoqué.
Lupita observó el pequeño bulto sobre la cama.
—Ahora usted también pierde su casa.
—Eso no te devuelve la noche que perdiste.
La muchacha se sentó en el umbral. Durante un rato escucharon el roce de las hojas del cafetal.
—Doña Mercedes me enseñó a leer —dijo al fin—. Cuando terminé mi primera carta, me abrazó.
Mateo no respondió.
—Necesito que me mire y me diga por qué pudo quedarse callada.
Se levantó y fue hacia la casa principal.
Regresó al caer la tarde.
—Me pidió perdón. Dice que nadie volverá a acusarme.
—¿Y tú qué le dijiste?
—Que no basta con dejar de acusar. Tienen que decir que no fui yo.
Se sentó junto a la fuente.
—Mi madre compra fiado. Doña Remedios necesita confiar en quien toca sus telas. Ellos van a seguir viviendo aquí cuando yo me vaya. Yo tengo que vivir entre los que escucharon la mentira.
Mateo se sentó a su lado.
Por primera vez en todo el día, Lupita dejó caer la cabeza y lloró.
Él permaneció allí hasta que pudo respirar sin temblar.
Esa noche lo llamaron al despacho.
El sobre estaba sobre la mesa, junto a la carta de Catalina. Mercedes tenía los ojos hinchados. Don Ignacio parecía haber envejecido desde la mañana.
—Mi mujer me lo contó todo —dijo.
Mateo esperó.
—El dinero está completo.
Mercedes dio un paso adelante.
—No se lo entregué a Julián. Lo tuve en la mano, pero pensé en Lupita entrando en una celda. Regresé con él.
—Y aun así no habló en el patio —respondió Mateo.
—No. Tuve miedo. Esperé que Ignacio desistiera y alguien resolviera lo que yo había hecho.
Don Ignacio se levantó, incómodo.
—Puedes conservar el trabajo.
Mateo miró la carta abierta.
—Antes hay que arreglar lo de la muchacha.
—Ya no será denunciada.
—Todos oyeron que era ladrona. Deben oír que es inocente. El vecino, la gente del pueblo, su madre. Y necesita su salario completo y una carta de recomendación que explique la acusación.
El hacendado lo miró fijamente.
—¿Me estás poniendo condiciones?
—Estoy diciendo lo que hace falta.
Mercedes se acercó al escritorio.
—Lo haremos.
Su marido volvió la cabeza.
—No es necesario contar nuestros asuntos.
—Lo de Catalina nos pertenece. Lo que le hicimos a Lupita también le pertenece a ella.
Don Ignacio permaneció inmóvil. Después tomó una hoja y destapó el tintero.
La pluma tardó en moverse.
A la mañana siguiente, Lupita subió a la calesa con su baúl.
Nadie le había ordenado llevarlo. La decisión era suya.
Primero visitaron al vecino. Don Ignacio habló de pie, con el sombrero en la mano.
—Acusé sin pruebas a Guadalupe Herrera. Ella no tomó nada. Te pido que lo repitas a cuantos hayan oído lo contrario.
El vecino miró a Mercedes.
—Entonces, ¿el dinero apareció?
—Yo lo saqué —respondió ella—. Y permití que culparan a una inocente.
Desde la cocina, una criada escuchaba. Mercedes la vio y habló con más claridad.
Lupita permaneció junto a la calesa, sin bajar los ojos.
En el pueblo, don Ignacio pagó al comprador de café. Después fueron a casa de Josefina.
La lavandera salió con las mangas arremangadas. Al ver el baúl de su hija, se quedó inmóvil.
—Ya me habían contado —susurró.






