Se acercó sin encender la lámpara y vio a Julián cortando una cuerda. La hoja exterior empezó a levantarse; detrás aguardaba la marea salada.

Mateo tiró del mecanismo de seguridad.

La segunda puerta cayó y detuvo el agua.

—¿A quién está ayudando? —preguntó desde la oscuridad.

Julián se volvió con el cuchillo en la mano.

—Estaba revisando…

—Conozco esos nudos. No se cortan para revisarlos.

El capataz retrocedió.

Mateo hizo sonar un silbato. Pedro, que vigilaba el otro extremo, acudió con Alonso y varios trabajadores.

Rodeado, Julián confesó haber recibido dinero de un supuesto enviado de Rodrigo Escalante.

Alonso quiso entregarlo de inmediato a las autoridades. Isabel insistió en que antes declarara ante un escribano.

Julián aceptó, temblando.

Mateo observó la facilidad con que había pronunciado el nombre de Rodrigo. Parecía haberlo ensayado.

La primera cosecha llenó los almacenes y atrajo comerciantes.

Isabel contó los sacos 3 veces antes de mostrarle las cuentas a su padre. Después del reparto, quedaría suficiente para sostener la hacienda y reducir la deuda.

Remedios compró un peine de madera con su parte.

Lo dejó sobre la mesa durante toda la cena para poder mirarlo.

Rodrigo Escalante llegó días después. Recorrió los arrozales, examinó las compuertas y ofreció comprar a Mateo.

—Te doy 1.000 pesos.

Alonso se puso de pie.

—No.

—Podrías pagar buena parte de lo que debes.

—Le prometí su libertad.

Rodrigo miró al hombre que había despreciado en el muelle.

—Las promesas salen caras.

—También romperlas —respondió Isabel.

El hacendado se marchó furioso.

Esa misma noche, su esposa apareció en Santa Clara con su hijo enfermo.

Doña Catalina llevaba al pequeño Nicolás envuelto en una manta.

—Me dijeron que aquí cuidan a quienes tienen las fiebres del estero. Los médicos no consiguen ayudarlo.

Remedios preparó una cama. Mateo envió a buscar a un médico del pueblo vecino, conocido por escuchar a las curanderas de la región.

Durante varios días, Catalina permaneció junto a su hijo. Remedios la relevaba cuando el cansancio la vencía; Mateo conseguía provisiones y acompañaba al médico.

Cuando Nicolás volvió a pedir comida, su madre lloró sobre las manos de la anciana.

Antes de marcharse, buscó a Isabel.

—Mi marido habla demasiado —le dijo—. Pero Valcárcel pregunta demasiado. Estuvo en casa averiguando quién vigila sus almacenes y cuándo vence la deuda.

Isabel sintió que el alivio se le enfriaba dentro del pecho.

Alonso organizó una cena para celebrar la cosecha y recibir a los compradores.

Esteban Valcárcel llegó con vino, felicitaciones y un joven sirviente.

—Siempre confié en que saldría adelante, coronel.

Isabel recordó las cartas en que exigía el pago. No encontró aquella confianza en ninguna.

Julián seguía retenido en una dependencia del pueblo. Había declarado contra el supuesto enviado de Rodrigo y esperaba que su colaboración redujera el castigo.

Por eso Isabel no esperaba verlo entrar al comedor acompañado por el alguacil.

El juez local explicó que lo llevaba para reconocer a ciertos invitados.

Valcárcel saludó al capataz sin sorpresa.

Durante el brindis, el coronel bebió, intentó continuar hablando y se desplomó.

Isabel alcanzó a sostenerle la cabeza.

Mateo despejó la mesa y pidió que buscaran al médico. Remedios se arrodilló junto al enfermo.

Entre los gritos, Isabel vio al sirviente de Valcárcel recoger la copa de su padre.

Le sujetó la muñeca.

—Déjela.

El muchacho obedeció, pálido.

Alonso sobrevivió a la noche, aunque quedó demasiado débil para hablar.

Al amanecer, el médico manifestó sus sospechas de envenenamiento.

Valcárcel se volvió hacia el juez.

—Quienes prepararon la cena conocen plantas y sustancias que nosotros ignoramos.

El sirviente aseguró haber visto a Remedios manipular la copa.

Isabel protestó. El juez ordenó detener a la anciana y a Mateo.

Mientras le ataban las manos, Mateo miró a la joven.

—Guarde la copa. Y busque quién estuvo realmente cerca de la mesa.

Isabel pasó 8 días entre la habitación de su padre, la cárcel y el despacho de un escribano.

Había conservado el vino, los restos de la bebida y la copa, entregándolos sellados ante testigos. Un boticario del puerto aceptó examinarlos.

También buscó al sirviente.

Descubrió que había desaparecido.

La víspera de la audiencia, Catalina Escalante llegó con una carta.

Su marido había recibido una invitación de Valcárcel para adquirir Santa Clara en cuanto Alonso muriera o quedara incapacitado.

La carta mencionaba un precio acordado antes de la cena.

—Rodrigo creyó que era una propuesta de negocios —explicó Catalina—. Hasta que le conté lo ocurrido.

En la audiencia, el juez intentó impedir que Isabel presentara los documentos.

Entonces Alonso se levantó trabajosamente.

—Acusan a 2 personas de intentar matarme. Escuchará a mi hija.

El boticario declaró que había encontrado una sustancia sospechosa en los restos de la copa, ausente del vino conservado en la botella.

Aquello no bastaba para señalar al culpable.

Isabel lo sabía.

Por eso llamó a Julián.

El capataz repitió su primera versión hasta que ella colocó sobre la mesa un recibo encontrado entre sus pertenencias confiscadas: dinero entregado por un administrador de Valcárcel.

—¿También le pagaron para mentir sobre la compuerta?

Julián miró al prestamista.

Valcárcel sostuvo su mirada con una frialdad que terminó de asustarlo.

—Diga la verdad —pidió Alonso—. Todavía puede evitar otra desgracia.

El capataz se derrumbó.

Confesó el sabotaje, el nombre falso del intermediario y las instrucciones para culpar a Remedios si algo ocurría durante la cena.

No había puesto el veneno, pero sabía quién había llevado al sirviente.

Rodrigo entró entonces con su esposa y entregó la carta al escribano.

La sala quedó en silencio.

Mateo y Remedios fueron liberados. La investigación pasó a manos de una autoridad del puerto.

Valcárcel salió sin mirar a nadie.

Su deuda, sin embargo, seguía vigente.

La segunda cosecha fue mayor.

Alonso dispuso el pago anticipado de parte de la hipoteca y dejó el resto preparado para el vencimiento. Isabel había reservado semillas, alimento y el reparto de los trabajadores antes de calcular cuánto arroz venderían.

Faltaban 3 días para cerrar la operación cuando Julián pidió hablar con Mateo.