Dejaron la casa y los animales al cuidado de Amparo. Raimundo acarició a Canelo antes de subir a la diligencia.

—Esta vez sí voy a regresar.

En Morelia, Magdalena escuchó ruedas sobre piedra, campanas y voces que se mezclaban en calles mucho más anchas que las de su pueblo. Raimundo le describió los árboles de la plaza y el agua de una fuente.

Arturo los recibió en la posada y los acompañó a la consulta. Había pedido días libres en su trabajo.

El cirujano examinó los ojos de Magdalena. Había posibilidades de mejorar su visión mediante una intervención, pero no prometió un resultado inmediato ni perfecto.

Ella decidió intentarlo.

Operaron primero un ojo. Vinieron el vendaje, el reposo y las revisiones. Arturo ayudó durante los primeros días; después tuvo que volver a su empleo. Raimundo permaneció cerca, contando historias cuando ella no podía dormir.

—¿Y si sigo sin ver? —preguntó una noche.

Él acercó su silla.

—Volveremos a casa y aprenderemos lo que haga falta.

—¿Se quedaría?

—Ya me quedé.

Cuando retiraron el vendaje, Magdalena distinguió primero claridad, después formas. La recuperación fue lenta. Necesitó nuevas revisiones y anteojos para ver mejor.

Una mañana reconoció la ventana, sus propias manos y al hombre sentado junto a la cama.

Raimundo tenía el cabello más canoso de lo que imaginaba. Había arrugas alrededor de sus ojos y una preocupación que no había conseguido esconder.

Magdalena extendió la mano.

—Por fin puedo verte, Raimundo.

Él intentó sonreír.

—¿Soy distinto de lo que imaginabas?

—No.

—¿Entonces?

—Tu voz ya me había contado lo demás.

Él se acercó y lloró mientras ella le acariciaba la mejilla.

Magdalena pasó de mirar su rostro a reconocer detalles pequeños: la costura torcida de su camisa, las marcas del sombrero en la frente, el pañuelo que tenía preparado por si ella lloraba. Durante meses había sabido cuándo estaba cansado por sus pasos. Ahora veía también el esfuerzo que hacía para sonreírle.

El tratamiento del otro ojo se realizó más adelante. Pasaron semanas antes de regresar. Magdalena recuperó suficiente visión para reconocer rostros, caminar con más seguridad y volver a leer despacio.

Canelo los recibió con un rebuzno que hizo ladrar a Moro.

Magdalena se acercó al corral y miró por fin al animal cuyo sonido había seguido durante meses.

—Conque tú eras el que cuidaba que este hombre no se perdiera.

El burro olfateó su rebozo. Ella soltó una risa limpia.

La gente llevó comida para celebrar el regreso. Amparo puso sobre la mesa el dinero de las ventas que había atendido durante su ausencia. Arturo escribió después; el hijo menor prometió visitarla en Navidad.

La casa recuperó su rutina.

Pero Raimundo comenzó a guardar sus cosas.

Magdalena lo vio revisar los aparejos de Canelo y doblar la manta del camino. Aquella tarde lo llamó al corredor.

—¿Por qué estás preparando el burro?

—Ya puedes hacer tus cosas.

—Eso no contesta mi pregunta.

Él miró sus manos.

—No quiero esperar a que me digas que ya no hago falta.

Magdalena se sentó frente a él.

—¿Crees que te quiero aquí únicamente porque necesitaba ayuda?

Raimundo no respondió.

Ella sostuvo su mano.

—Ahora puedo verte cuando sirves café y cuando te quedas mirando la mecedora de Fermín antes de sentarte.

Se acercó un poco más.

—Quiero que ocupes esa silla porque eres Raimundo.

Él levantó la cabeza.

—Soy un hombre que llegó sin poder comprar comida.

—Y yo una mujer que tenía miedo de bajar un escalón.

Magdalena sonrió.

—¿Quieres casarte conmigo?

Raimundo tardó en hablar. Cuando pudo, dijo que sí.

La boda fue sencilla. Arturo llegó con su hermano. Ninguno intentó decidir dónde debía vivir su madre. Raimundo conservó una fotografía de Estela; Magdalena mantuvo los recuerdos de Fermín. Había lugar para sus muertos y para lo que todavía les quedaba por vivir.

Canelo recibió una cinta roja en el aparejo. Moro durmió bajo la mesa mientras los vecinos compartían mole, tortillas y pan.

Antes de terminar la fiesta, Raimundo descubrió un letrero de madera que había encargado para el portón. La casa se llamaría El Buen Camino. Debajo decía que allí se compartían el pan y el descanso.

Magdalena leyó despacio y apoyó la cabeza en su hombro.

Durante los años siguientes recibieron arrieros, trabajadores y familias cansadas. Nadie tuvo que entregar su única pertenencia para sentarse a comer.

Una noche encontraron a un muchacho hambriento junto al portón. Raimundo abrió; Magdalena puso otro plato. Canelo se acercó al oír las voces y su campanilla sonó en el patio.

Después, cuando el visitante dormía, los esposos se sentaron en las mecedoras.

Magdalena miró las estrellas a través de sus anteojos y buscó la mano de Raimundo.

El burro volvió a mover la cabeza. Ambos escucharon el sonido que había acompañado cada paso hasta aquella casa.

Raimundo ya no estaba buscando otro pueblo.