«Tienes mucha suerte de que esté dispuesto a casarme contigo», dijo, allí mismo en la iglesia. Ella aceptó; luego, se dio la vuelta y se marchó.
—A tus 29 años, con esas manos de escribiente, deberías agradecer que alguien de mi familia quiera casarse contigo.
Alonso de Santillán pronunció aquellas palabras frente al altar, antes de que el sacerdote pidiera el consentimiento de la novia. Su madre asintió desde el primer banco.
En el silencio de la iglesia, Inés Alcántara bajó la vista hacia sus guantes. La tinta había atravesado la tela en las puntas de 2 dedos.
Eran las manchas de una novela que nadie sabía que ella había escrito.
Aquella mañana de junio de 1806, Puebla había despertado bajo un cielo limpio. A las 5:45, mientras otras novias dormían, Inés terminaba 11 páginas junto a la ventana de su habitación, sobre la librería familiar.
Su protagonista acababa de abandonar una casa donde todos le exigían gratitud por humillarla.
Inés escribió la palabra «Fin», dejó la pluma y sintió una alegría tan suya que por un instante olvidó la boda.
Después intentó quitarse la tinta con jabón y limón.
No salió.
Se puso los guantes y bajó a ayudar a su madre con los broches del vestido.
Había pasado toda su vida entre aquellos libros. Su padre fundó la librería y el gabinete de lectura, compró el edificio y convirtió el negocio en un refugio para estudiantes, viudas y lectores sin dinero suficiente para adquirir cada novedad.
Cuando murió, 4 años atrás, Inés tomó su lugar.
Durante semanas había esperado oírlo llamarla desde el taller de encuadernación. Todavía conservaba su delantal y una edición maltratada donde él le enseñó a leer. Al abrir cada mañana, pasaba la mano por la marca que sus codos habían dejado en el mostrador. No soportaba imaginar aquel sitio convertido en un salón donde nadie recordara su voz.
Reparaba lomos, cobraba préstamos, llevaba las cuentas y atendía a su madre enferma. Por las noches, cuando la ciudad callaba, escribía.
Ni siquiera doña Mercedes lo sabía.
Su primera novela, La paciencia de Clara, apareció publicada en México bajo la firma «Una dama». Contaba la vida de una institutriz a quien sus patrones confundían con un mueble, hasta que empezaba a responderles.
Las lectoras se recomendaban el libro en voz baja. Los hombres discutían si una mujer podía haberlo escrito. En la librería de Inés había 16 ejemplares, todos prestados.
Alonso había hojeado uno durante el noviazgo.
—Historias de mujeres resentidas —dictaminó—. Espero que no llenes tu cabeza con esto.
Ella guardó el volumen sin contestar.
Él tenía 32 años, buenos modales cuando le convenía y un apellido que impresionaba a doña Mercedes. Era hijo de una familia distinguida, aunque dependía de asignaciones que nunca alcanzaban para sus gastos.
Inés no estaba enamorada. Había aceptado porque estaba cansada de las miradas compasivas, porque su madre quería verla protegida y porque confundió el descanso con la renuncia.
Ahora, frente al altar, Alonso observaba sus dedos con repugnancia.
El sacerdote abrió la boca para intervenir.
Inés levantó la cabeza antes de que pudiera hacerlo.
—Tiene razón, Alonso. He tenido mucha suerte.
Él sonrió, satisfecho.
—La suerte de escucharlo antes de casarnos.
Retiró la mano, entregó el ramo al sacerdote y se volvió hacia la puerta.
Nadie se movió.
Alonso alcanzó a decir su nombre, pero ella ya caminaba por el pasillo central, sin correr, atravesando la luz que caía desde las ventanas.
No lloró hasta llegar a la librería.
Entonces vio los espacios vacíos donde debían estar sus novelas y empezó a reír entre lágrimas. Aquellos libros habían encontrado lectoras mientras ella intentaba convencerse de que no merecía elegir.
Doña Mercedes regresó más tarde, escoltada por un primo anciano.
—Delante de todos, Inés. ¿Qué será de ti?
Su hija se había cambiado de vestido y la esperaba con agua fresca.
—Abriré la librería el lunes.
—Pero ya nadie querrá casarse contigo.
Inés se sentó junto a ella.
—Mamá, si pudo hablarme así ante un altar, ¿cómo me hablaría cuando no hubiera testigos?
Le mostró los dedos manchados.
Doña Mercedes los contempló largo rato. Después los tomó entre sus manos.
—Tu padre siempre tenía tinta aquí.
Su voz se quebró.
—Quise tanto verte acompañada que no miré quién estaba a tu lado.
El lunes, a las 9:00, Inés abrió como siempre.
Las clientas llegaron a devolver libros sin terminar, a pedir títulos inexistentes y a buscar señales de una desgracia que pudieran contar durante la merienda.
Ella atendió a todas.
Por la tarde empezó a circular otra versión: según doña Matilde, la madre de Alonso, Inés había perdido los nervios ante una broma inocente. Una señora retiró la suscripción de sus hijas al gabinete de lectura. Otra aconsejó a doña Mercedes que obligara a la muchacha a pedir perdón.
Esta vez su madre no bajó la cabeza.
—Mi hija está trabajando. Si desea un libro, yo puedo atenderla.
La señora se fue sin escoger ninguno. Después Mercedes subió a su habitación para descansar y se quedó sentada en la cama, agotada, pero satisfecha de no haber callado otra vez.
Alonso apareció el miércoles con la expresión indulgente de quien viene a perdonar un agravio.
—Podemos casarnos discretamente en agosto. Mi madre terminará por aceptarlo.
Inés dejó de envolver un paquete.
—¿Por qué insiste en casarse conmigo si le avergüenza lo que soy?
Él miró los muros, los estantes, la puerta hacia la calle comercial.
La respuesta estaba en ese recorrido.
—Me pidió las escrituras para preparar las capitulaciones —recordó ella.
Alonso se acomodó los puños.
—Una esposa no necesita seguir despachando libros.
—Pensaba vender el edificio.
—Habrías firmado lo necesario. Mi familia tiene compromisos, Inés. Mantener una posición cuesta dinero.
Ella caminó hasta la entrada y abrió la puerta.
—Esta librería no está en venta. Tampoco volveré a casarme con usted.
Alonso recogió el sombrero.
—Nadie más soportará a una mujer que huele a pegamento y papel viejo.
Inés sostuvo la puerta hasta que él salió.
Aquella noche escribió una carta.






