Desde hacía 18 meses mantenía correspondencia con un lector de su novela, por mediación de su editor, don Rafael Arrieta. El desconocido firmaba únicamente «I.».

Su primera carta había preguntado por una escena: Clara, sola junto a una fuente después de un baile, escuchaba las risas de quienes no notaban su ausencia.

«¿Cómo supo que la soledad podía sentirse exactamente así?».

Inés había contestado porque nadie le había hecho una pregunta tan verdadera.

Después llegaron cartas sobre libros, pérdidas y pequeños sucesos. Él vivía entre árboles, había perdido pronto a su padre y tenía un perro llamado Argos. Ella habló de la librería heredada y del sonido de las campanas, pero nunca dio su nombre ni su ciudad.

Ambos pidieron al editor que conservara el anonimato.

Cuando aceptó casarse, Inés dejó de escribirle. No encontraba manera de explicar por qué iba a unirse a un hombre al que no deseaba contarle nada.

Ahora le relató lo ocurrido y envió la carta junto con su nuevo manuscrito.

La respuesta llegó antes de lo habitual.

«El hombre que se avergonzó de la tinta nunca habría entendido sus manos. Yo llevo 18 meses esperando lo que escriben».

Inés leyó aquellas líneas hasta aprendérselas.

En otra hoja, él recordaba que su padre subrayaba los pasajes favoritos con tanta fuerza que a veces rasgaba el papel. Al morir, nadie quiso aquellos libros estropeados. Él los guardó todos.

Inés sacó del armario el volumen donde había aprendido a leer y lo dejó junto a la carta. Durante un rato permaneció allí, rodeada de palabras de personas ausentes, sintiéndose acompañada por alguien cuyo rostro desconocía.

Al final, su amigo anunciaba que pasaría unas semanas en aquella región resolviendo asuntos familiares. No preguntaba dónde vivía ella.

Poco después, los clientes empezaron a hablar de otro recién llegado.

Don Ignacio de Alarcón, conde de Valdeluz, había alquilado una casa cerca de la plaza. Tenía 34 años, una fortuna considerable y ninguna prisa por encontrar esposa.

Rechazaba invitaciones, vestía sin ostentación y caminaba acompañado de un perro gris enorme.

Inés escuchó los comentarios mientras sellaba recibos, sin relacionarlos con su carta.

Hasta que sonó la campanilla una tarde.

Ella estaba subida en la escalera, ordenando unos volúmenes. Bajó con polvo en la mejilla y encontró a un hombre alto que contemplaba los estantes con evidente placer.

El perro se sentó a sus pies.

—Busco La paciencia de Clara —dijo el visitante—. Mi ejemplar se está deshaciendo.

—Todos están prestados.

—Entonces tendré que esperar.

Inés abrió el registro.

—¿Su nombre?

—Ignacio de Alarcón.

El animal movió la cola contra una caja.

—Quieto, Argos.

La pluma de Inés se detuvo apenas.

Al día siguiente una clienta le explicó que había recibido al conde. Ella miró el registro: Ignacio. Una inicial no probaba nada. Tampoco el nombre de un perro que cualquier lector de los clásicos podía elegir.

Él volvió el jueves y después el sábado.

No pidió privilegios para adelantar su préstamo. Preguntó por poesía, discutió un desenlace y escuchó sus argumentos incluso cuando ella le llevaba la contraria.

Argos encontró un lugar junto al mostrador y terminó recibiendo agua en una escudilla reservada para sus visitas.

Inés empezó a esperar aquellos pasos.

Un sábado Argos entró cojeando. Ignacio se agachó inmediatamente y encontró una espina entre los dedos de una pata. Mientras Inés acercaba una lámpara, él tranquilizó al animal con la misma paciencia con que habría hablado a un niño asustado.

—Lo encontré junto a un camino cuando apenas podía sostenerse —explicó después.

El perro, ya libre de la espina, dejó la cabeza sobre su rodilla.

Inés pensó que aquella ternura no necesitaba público. La dependienta había salido y nadie importante podía verlo arrodillado en el suelo de una librería, con el abrigo lleno de pelos.

Ignacio no se parecía a los caballeros que hablaban para demostrar cuánto sabían. Si desconocía algo, preguntaba. Si ella lo hacía reír, no fingía que la ocurrencia había sido suya.

Una tarde hablaron de Clara.

—Nadie ha descrito así quedarse solo junto a una fuente —dijo él—. Cuando lo leí pensé: ¿cómo pudo saberlo?

Inés sintió que las palabras de aquella primera carta regresaban a la habitación.

—Quizá ella también estuvo allí —respondió.

Ignacio la miró, después miró sus dedos.

El silencio duró apenas un instante, pero ninguno volvió a hablar del tiempo.

A comienzos de julio llegó el editor.

Don Rafael entró por la puerta lateral después del cierre, cargando el manuscrito atado con una cinta.

—Su nueva novela me hizo llorar en la diligencia —anunció—. El pasajero de enfrente creyó que llevaba noticias de un entierro.

Inés sonrió.

El libro se llamaría La mujer que se marchó.

Doña Catalina de Escobedo, madrina de Ignacio y anfitriona de una tertulia literaria, había solicitado escuchar un fragmento antes de su publicación.

Don Rafael quería leer el capítulo final.

Y preguntarle después a la autora si deseaba presentarse.

Inés sintió miedo.

Había imaginado durante años que sus lectores se reirían al descubrir que aquella voz pertenecía a la librera que les cobraba los atrasos.

—¿Estarán los Santillán?

—Sí.

—¿E Ignacio de Alarcón?

El editor asintió.

Inés sostuvo la cinta entre los dedos.

—Usted sabe quién firma mis cartas.

Don Rafael tardó en responder.

—Prometí discreción a ambos. No voy a romperla para facilitarles una conversación difícil.

Antes de marcharse, dejó clara otra cosa: si ella permanecía sentada, no revelaría su nombre.

Aquella noche Inés le contó todo a su madre.

Doña Mercedes escuchó la historia de los libros secretos sin interrumpir. Después pidió ver un ejemplar de La paciencia de Clara.

—Lo leí —susurró—. Me pregunté quién habría enseñado a esa muchacha a contestar.

Inés no pudo evitar llorar cuando su madre abrió la primera página y acarició aquellas palabras.

Para la tertulia eligió un vestido verde que había llevado durante 4 años. Doña Mercedes le prestó sus perlas y acomodó el cuello.

—Los guantes están sobre la cama —dijo.

Inés miró sus manos.

—Hoy no los necesito.