El salón de doña Catalina estaba lleno de sedas, abanicos y velas. Inés encontró asiento en la última fila, junto a la puerta.

Alonso hablaba cerca de Ignacio. Había conseguido prestado un ejemplar de Clara y memorizado pasajes para impresionar al conde.

Cuando Ignacio vio a Inés, su expresión cambió.

Cruzó el salón hacia ella.

Alonso lo siguió.

—Nuestra librera también ha venido —comentó, sonriendo—. Inés y yo estuvimos a punto de casarnos. Un pequeño disgusto en la iglesia.

Ignacio sostuvo su mirada.

—Me contaron lo que dijo. No me pareció pequeño.

Alonso perdió la sonrisa, pero intentó recuperarla hablando de literatura.

—En fin, todos admiramos a esa autora misteriosa. Daría mucho por conocerla. Aquella frase de Clara es magnífica: «No soy insignificante porque usted se niegue a mirarme».

Inés levantó la vista.

—«No soy pequeña porque usted haya elegido no verme». La cambió.

Los invitados cercanos dejaron de conversar.

—Página 211 —añadió ella—. Debió conservar el libro más tiempo, Alonso.

Él se inclinó, todavía sonriendo para quienes los observaban.

—Siempre has querido tener la última palabra.

Inés sintió por un instante el impulso conocido de disculparse para devolver la calma a la habitación. Apretó los dedos contra el respaldo de la silla.

—Solo cuando se equivocan al citar un libro.

Una risa breve surgió detrás de un abanico. Alonso se enderezó y miró hacia el frente.

Ignacio la observó sin decir nada.

Al frente, don Rafael pidió silencio y comenzó la lectura.

Durante varios minutos el salón escuchó la historia de una mujer rodeada de personas que exigían agradecimiento por concederle un sitio inferior.

Al final, la protagonista abandonaba la casa bajo la lluvia. Nadie acudía a rescatarla. Ella encontraba el camino.

Cuando el editor cerró el manuscrito, una señora se secaba los ojos.

Don Rafael miró hacia la última fila.

—La autora está presente. Solo diré su nombre si ella desea que lo conozcan.

Inés oyó su propia respiración. Vio a Alonso, a su madre sentada cerca de la ventana, las manos sobre el regazo, esperando.

Se puso de pie.

—Lo deseo.

El editor sonrió.

—La autora de ambas novelas es doña Inés Alcántara, de la librería Alcántara y su gabinete de lectura.

Alonso retrocedió hasta chocar con una silla.

Doña Catalina fue la primera en levantarse para aplaudir. La siguieron otras personas, después casi todo el salón.

Inés buscó a su madre y la encontró llorando abiertamente.

Cuando pudo acercarse, doña Mercedes la abrazó sin preocuparse por las perlas ni por los testigos.

—Perdóname por haber tenido tanto miedo —le dijo al oído.

Alonso se marchó. Esta vez Inés no lo vio salir.

Encontró a Ignacio en la terraza, con Argos echado a su lado.

—¿Era usted? —preguntó ella.

Él sacó del bolsillo una carta gastada.

—Desde la primera pregunta sobre la fuente.

Inés reconoció el papel.

Ignacio explicó que había venido a atender asuntos de su madre y que entró en la librería por recomendación de una lectora. Al conocerla empezó a sospechar. Después de aquella conversación sobre Clara, casi no tuvo dudas.

—Debí decirle quién firmaba mis cartas —admitió—. Me dio miedo que pensara que había pedido su nombre al editor. No lo hice.

—Yo también lo sospechaba.

Argos se levantó y apoyó el hocico en la mano de Inés.

Ella acarició su cabeza antes de mirar otra vez al hombre.

—Ya no quiero esconderme detrás de una firma.

—Entonces permítame escribirle mañana a Inés.

La nueva novela apareció en septiembre con su nombre completo. Hubo una fila frente a la librería y lectoras que esperaron horas para pedirle una dedicatoria.

Una muchacha que ayudaba a su madre en un puesto de telas se acercó con unas hojas dobladas. No quería una firma: quería saber si podía leerle algo que había escrito. Inés le ofreció una silla. Ignacio, que acababa de llegar, dejó su sombrero junto a Argos y esperó al otro lado del mostrador, sin interrumpir aquella voz temblorosa que poco a poco iba encontrando su fuerza.

Ignacio siguió visitándola. También continuaron las cartas, aunque ahora vivían a pocas calles y podían responderse durante la merienda.

En diciembre él llevó al mostrador las 42 cartas que había conservado.

—Quiero compartir mi vida con usted. Con esta librería, sus novelas y todas las páginas que todavía no ha escrito.

Inés apoyó la mano sobre el paquete.

—Sí, Ignacio. Entonces tendrá que acostumbrarse a esperar cuando esté terminando un capítulo.

Ignacio sonrió.

Se casaron en mayo, en la misma iglesia.

La madre de Inés llegó temprano y ocupó el primer banco. Entre los invitados había lectoras que compraban libros y otras que reunían monedas para pedirlos prestados. Don Rafael llevaba un chaleco nuevo. En el patio, un muchacho de la casa cuidaba a Argos, que esperaría a su dueño después de la ceremonia.

Aquella mañana ella escribió antes del amanecer. Al llegar al altar no llevaba guantes.

Ignacio recibió sus dedos manchados, los besó y levantó la mirada hacia su rostro.

—El afortunado soy yo.